domingo, 2 de febrero de 2014

Capítulo 17


Capítulo 17

Al despertar, descubrió que estaba sola en la cama.  Marcos había subido la persiana para que entrara la luz del sol en la habitación y Victoria miró a su alrededor con fascinación.  El cuarto de Marcos estaba razonablemente ordenado y limpio, si se tenía en cuenta que era el de un soltero.

V: Vaya un pensamiento más machista (se dijo a sí misma con una amplia sonrisa).

El hecho de que ella tuviera su habitación más arreglada no tenía nada que ven con su sexo sino con su obsesión por el orden y la limpieza.  Aunque Marcos había dejado varios artículos y prendas de vestir dispersos por el suelo, al menos los muebles no tenían polvo.

No se sentía turbada o desilusionada por haber despertado sola, había dejado que Marcos se fuera a dormir temprano la noche anterior y ahora él le estaba pagando el favor permitiéndole dormir hasta tarde mientras él cuidaba de Lautaro.  Más que sentirse abandonaba, estaba conmovida por su consideración.

Se desperezó, saboreando por un momento el lujo de tener para ella sola la enorme cama y disfrutando aún más profundamente la idea de haberla compartido con Marcos.  El recuerdo de su pasión y su sensibilidad hizo asomar una sonrisa a los labios de la joven.  Le hubiera encantado no levantarse en todo el día, reviviendo en su mente la dicha que había experimentado con él la noche anterior, pero se obligó a echar a un lado las sábanas para ponerse de pie y enfrentarse al mundo.  

Sólo Dios sabía a qué tormentos estaría sometiendo Lautaro a su tío aquella mañana.  Debía vestirse y bajar a echarle una mano.  El problema era que todas sus ropas estaban abajo, en la sala.

No podía bajar desnuda, aunque suponía que a Marcos no le disgustaría el espectáculo.  Fue hacia el armario y lo abrió.  Encontró una bata de baño y la descolgó.  Después de volver a cerrar la puerta corrediza, se puso la prenda.  Naturalmente, era demasiado grande para ella, pero le serviría para no tener que bajar desnuda a recoger su ropa.

Cuando salió al pasillo oyó la voz de Marcos, era evidente que estaba manteniendo una animada charla con su sobrino.

Se dirigió hacia las escaleras, pero se paró en seco al darse cuenta de que no era el bebé quien contestaba a las palabras de Marcos, sino una mujer.

XXX: Realmente eres algo especial, Marcos (estaba diciendo la mujer).  ¿Qué te pasa?  Es casi enfermiza la forma como te comportas.
M: Oh, déjame tranquilo (gruñó él).
XXX: ¿Que te deje tranquilo?  ¿Qué quieres que piense cuando llego aquí y encuentro ropas de mujer dispersas por toda la sala?  ¿Crees que debo respetar a un hombre que lleva una vida como la tuya?  ¿Crees que debo confiar en ti?
M: Si hubieras tenido la cortesía de llamar por teléfono antes de venir, habría tenido tiempo de limpiar la sala.
XXX: Oh, por favor, no te vayas a molestar por mí (dijo la mujer con sarcasmo).
M: Dios sabe que ya me he molestado bastante por ti (masculló Marcos y Lautaro subrayó la declaración de su tío con un grito agudo).  Ten cuidado, ¿quieres?
XXX: ¿Que tenga cuidado?  ¿El Don Juan Tenorio de la comarca me pide que tenga cuidado?

El estómago de Victoria se contrajo dolorosamente.  ¿Quién era esa mujer?  ¿Una conquista de Marcos?  ¿Una ex-amante?  Quienquiera que fuese, Victoria no quería conocerla.  Ni siquiera quería estar bajo el mismo techo de aquella mujer.
Pero no podía salir de la casa sin su ropa y no podía recuperarla sin bajar a la sala y no podría bajar las escaleras sin pasar por delante de la cocina, donde estaban Marcos y la mujer.  Tampoco le pareció apetecible la alternativa de encerrarse en el cuarto de Marcos a esperar a que se fuera la desconocida.  Quizás ella pensara perma­necer mucho tiempo allí.  Quizás incluso irrumpiera en el cuarto y la encontrara escondida allí como una cobarde.

M: La forma en que le tienes cogido no es la más adecuada (estaba explicando Marcos con enorme paciencia).  Le gusta tener la cara contra tu hombro.  Es por eso por lo que se mueve tanto.
C: Es mi hijo (exclamó la mujer).  Yo sé cómo cogerle.

Si era Carol, la hermana de Marcos.  La tensión de Victoria disminuyó, pero sólo ligeramente.  Era mejor que la mujer fuera la hermana de Marcos y no una amiguita.  Pero de cualquier manera, no le gustaba la idea de conocerla vestida sólo con la enorme bata de su hermano.  Por lo tanto, no le quedaba otra alternativa que volver a la habitación y esperar a que Carol se fuera.  Suspirando, dio la vuelta.

M: Creo que he oído pasos (la voz de Marcos sonó más cerca).  Buenos días, Victoria.
V: ¿Cómo has podido oírme? (murmuro con asombro Victoria).  He hecho todo lo posible por no hacer ruido.
M: Te he oído moverte por mi habitación (él también hablaba con voz suave).

Cuando llegó arriba, extendió los brazos hacia ella y la hizo volverse a mirarle.

M: Buenos días (murmuro antes de cubrir con sus labios los de ella).

A Victoria le sorprendió la oleada de calor que la invadió.  Escondiendo la cara en el pecho del hombre con quién había pasado la mejor noche de su vida le dice:

V: Te agradecería enormemente que me trajeras mi ropa.  Quie­ro vestirme.

Marcos deslizó una mano por debajo del escote de la bata y le acaricio la sedosa piel de un hombro.

M: Preferiría que te quedaras desnuda (le susurró sexymente).
V: Por favor, Marcos (imploró ella).  Tu hermana esta aqui y…
M: Y me está sacando de quicio (añadió).  Incluso Lautaro se está irritando con ella.  Ven abajo a tomar una taza de café.  Estoy seguro de calmar a Lautaro mejor que ella.
V: No quiero inmiscuirme en una disputa familiar.
C: No es una disputa (intervino la voz de la mujer).  Sólo las habituales muestras de afecto de los Guerrero.  Hola, me llamo Carol.  Tú debes ser la dueña de esta ropa, supongo.

Victoria bajó la mirada hacia la mujer que estaba al pie de las escaleras.  Era alta y delgada como su hermano y su pelo tenía el mismo tono.  Con un brazo sujetaba a su inquieto hijo y con el otro las ropas de Victoria.

M: Deja sus cosas donde estaban (ordenó Marcos mientras ba­jaba junto a Victoria el resto de las escaleras).  Victoria no se intimida fácilmente, ni se abochorna.  Por otra parte, es una de esas personas que lo primero que necesita al levantarse es una buena taza de café (apretó amorosamente los hombros de Victoria).  Lo he preparado especialmente para ti.

V: ¿Si?  ¿Café de verdad? (exclamó Victoria, conmovida).
M: Sólo para ti (la besó en la mejilla y luego la acompañó hasta la cocina, sin detenerse al pasar ante Carol).

Sin saber qué hacer, Victoria se sentó en una silla de la cocina mientras Marcos le servía una taza.

M: La leche y el azúcar están en la mesa (dijo, mientras le ofrecía la taza).
V: Gracias.

Victoria aceptó el café.  Dio un sorbo al humeante líquido y casi se atraganta.  Llamarlo el peor brebaje que había probado en su vida era apenas hacerle justicia.  ¿Cómo podía un hombre de la inteligencia de Marcos preparar tan abominable café?

C: Nauseabundo, ¿verdad? (comentó Carol al entrar en la cocina y observar el gesto de Victoria).  También ha intentado hacerme beber esa porquería a mí.  Algo que debes aprender desde ahora, antes de enredarte más con mi hermanito, es que el pobre es una nulidad en la cocina.
V: Ya lo sé (declaró Victoria, pero inmediatamente se arrepintió de sus palabras.  No quería ser desleal con Marcos), es decir, sé que no prepara muy buen café (se corrigió, esquivando la mirada de Marcos).  Pe... pero... tiene un verdadero talento cuando se trata de descongelar pizzas.
C: ¿Pizzas? (preguntó Carol con incredulidad).  ¿Preparas pizzas?
M: Sólo para Victoria (respondió Marcos, dedicando una sonrisa agradecida a Victoria.  Se acercó a ella y le acarició el pelo).  ¿Qué te parece si te preparo una esta noche?  (preguntó, haciéndole un pícaro guiño).

Victoria no pudo evitar sonreír.

V: Es demasiado trabajo para ti, Marcos (dijo).  Acabas de preparar una el...  ¿cuándo fue?  ¿El jueves por la noche?  No quiero que te molestes tanto por mí.
M: Bien, entonces será la semana que viene (ofreció Marcos, disfrutando evidentemente del juego sensual ignorando la presencia de Carol).
V: Ya veremos.
C: Tú y yo ya hemos hablado una vez, ¿verdad? (intervino Carol señalando a Victoria con el dedo).

Cogió una silla y colocó a Lautaro sobre sus piernas, luego dirigió a Victoria una atenta mirada.

C: Reconozco tu voz.  Fuiste la que contestó el teléfono, ¿verdad?

Victoria hizo acopio de Valor y lealtad, tomó otro trago del abominable café y luego se enfrentó a Carol con una sonrisa amable.

V: Sí (confirmó, ofreciendo su mano con cortesía).  Yo con­testé.  Me llamo Victoria Fernández.

Carol estrechó su mano.

C: Marcos me dijo que una amiga le estaba ayudando con Lautaro.  Supongo que tú eres la amiga (escudriñó a Victoria, luego asintió).  Supongo que debo darte las gracias.  Sin ti sólo Dios sabe qué habría hecho Marcos con mi pobre criatura mientras yo estaba fuera.
V: En realidad, no ha necesitado demasiada ayuda mía (ase­guró Victoria, pensando que no mentía).

Marcos había hecho una labor excelente con el bebé.  Y la ayuda que ella le había prestado no había sido tan esencial.
Marcos ya empezaba a hartarse de oír a las dos mujeres hablar de él en tercera persona.

M: Escucha, Carol, ¿quieres que guarde las cosas de Lautaro en su maleta?  Estoy seguro de que tienes muchas cosas que hacer, no quiero retenerte aquí todo el día.
C: Claro, claro.  Quieres que te deje el campo libre, ¿no?  (Carol interpretó su poco sutil indirecta y luego sonrió a Victoria).  Igual que cuando tenía doce años, entraba en la sala donde estabas besuqueándote con alguna amiga, siempre me mandabas desapa­recer inmediatamente.
M: Yo sólo te mando desaparecer cuando te comportas de forma abominable, Caro! (afirmó Marcos, irritado).  Como en este mo­mento, por ejemplo.  Recogeré las cosas de Lautaro y las llevaré a tu coche (salió de la cocina y añadió desde el pasillo).  Y recuerda, Carol, no trates de fastidiar a Victoria.  Perderás el tiempo (volvió a guiñar el ojo a Victoria y comenzó a subir las escaleras).

Carol apretó a su hijo contra el pecho y suspiro.

C: Debe ser un alivio para él que me lleve a Lautaro (murmu­ro).
V: No lo creo (observó Victoria).  A pesar de todo, hemos... quiero decir, Marcos ha disfrutado mucho cuidando al bebé.

Carol miró a la otra mujer con ojos entornados.

C: Has pasado aquí todo el tiempo, ¿eh?

Marcos había dicho que ella era inmune al bochorno y Victoria decidió hacer todo lo posible por no dejarle mal.  Encogiéndose de hombros, dijo:

V: No, sólo me he quedado aquí esta noche.
C: Escucha Victoria, siento haberme comportado así al ver tu ropa en la sala (se disculpó Carol).  Lo que pasa es que... ya sabes, le dejo a mi bebé unos días y cuando vuelvo me encuentro la casa llena de ropa de mujer, como si hubiera estado celebrando una orgía. ¿Qué podía pensar?

Victoria movió la cabeza.

V: No te preocupes.

Carol se apoyó contra el respaldo de la silla y volvió a examinar a Victoria.

C: Espero que no te moleste que diga esto, pero eres diferente a sus conquistas habituales. ¿Va... en serio lo vuestro?

Victoria se dio cuenta de que Carol no estaba tratando de abochornarla, sino que era por naturaleza franca y sin tacto.

V: Quizá debas preguntárselo a él (dijo con voz apacible).
C: Si se lo pregunto me mandará a freír espárragos (se lamentó Carol).

Victoria sonrió y no replicó nada.

C: Está bien, no es asunto mío (concedió Carol).  Pero si no te molesta que lo diga, me parece que eres lo mejorcito que le ha tratado.  Y creo que él también lo piensa.  La forma en que te trata, abrazándote delante de mí y todo eso... no es habitual en él.  Jamás le ha importado tanto una mujer como para prepararle café o hacerle una pizza.

Victoria no sólo estaba sorprendida por la revelación de Carol, sino complacida.  Tanto, que tuvo que pugnar por controlar la enorme sonrisa que afloraba a sus labios.  Comento:

V: Quizás haya hecho el café también para ti.  Te quiere mucho.

Carol suspiro.

C: Los dos nos sacamos de quicio de parte y parte, hermanos al fin (exclamó, resumiendo con esas palabras su relación fraternal).  Él me considera frívola e inconsciente, pero a fin de cuentas piensa que todas las mujeres son así.  Es un machista de la cabeza a los pies.

El machista apareció en ese momento en el umbral, con la maleta del bebé en una mano y el enorme oso de peluche en la otra.

M: A menos que tengas alguna objeción, me gustaría quedarme con la cuna (le dijo a su hermana), por si se tiene que volver a quedar aquí.

Los ojos de Carol se abrieron desmesuradamente al ver el oso.

C: ¿No crees que tener una cuna en la casa sería perjudicial para tu imagen? (preguntó Carol).

Marcos parecía a punto de replicar algo con ira, pero se controló y en cambio dirigió a su hermana una sonrisa.

M: En realidad, creo que sería beneficioso para mi imagen (dijo).  A ciertas mujeres les conmueve un hombre que sabe cambiar pañales (miró a Victoria por un momento que pareció interminable, luego, salió de la cocina con la maleta y el oso).

Carol se volvió hacia Victoria.

C: ¿Estoy alucinando o era un oso panda lo que llevaba en un brazo?
V: Era un oso (certificó Victoria con una sonrisa).  Lo compró para Lautaro el jueves.
C: Caramba.  Espero que no le haya provocado pesadillas al bebé (bromeó Carol, aunque estaba obviamente encantada por el detalle sentimental de su hermano. Posó su mirada sobre Victoria por un momento).  Quédate con él, Victoria (dijo con sinceri­dad).  Creo que le haces mucho bien.

Antes de que Victoria tuviera tiempo de reaccionar, Marcos entró de nuevo en la cocina.

M: Todo está en el coche (dijo, pasando una mano bajo el brazo de Carol, para ayudarla a ponerse de pie).  Se te hace tarde.
C: Ya, ya, no tienes que empujarme (protestó Carol).  Me alegro mucho de haberte conocido, Victoria  (dijo antes de salir de la cocina).

Victoria permaneció inmóvil.  Oyó las voces de Marcos y su her­mana al despedirse y luego el sonido de la puerta al cerrarse y los pasos del hombre al volver.

M: Lo siento (dijo Marcos).

Victoria miró la taza de café y frunció los labios.

V: Deberías sentirlo.  Este café es asqueroso.

Victoria se puso de pie y vertió el contenido de la taza en el fregadero, convencida de que si quería tomar café debía preparárselo ella misma.  Nada más preparó la cafetera, Marcos la tomó en sus brazos y la besó con pasión).

M: Lo que he querido decir es que lamento que hayas despertado para encontrarte con Carol.  Es difícil de soportar, incluso para quienes no necesitan una taza de café al levantarse.
V: A mí me ha parecido muy simpática, además de ser una chica muy directa (declaró Victoria con sinceridad).
M: Debió llamar por teléfono antes de venir (observó Marcos no muy convencido).  Estaba dándole el biberón a Lautaro cuando llegó inesperadamente (soltó a Victoria para que pudiera llenar las tazas de café ya listo).  ¿Quieres desayunar? (preguntó).  ¿O comer?  Es casi mediodía.

Victoria movió la cabeza.

V: Mi pobre estómago tardará una semana en recuperarse de ese veneno que has tratado de hacer pasar por café (bromeo).

Ambos se sentaron a la mesa, Marcos movió el azúcar en su café mien­tras observaba a Victoria dar un sorbo al suyo.  Parecía estar espe­rando que ella dijera algo, pero ella se limitó a sonreír y a dar otro trago a su café.
M: No vas a preguntar, ¿verdad?
V: ¿Preguntar qué?

Marcos sacudió la cabeza con asombro mientras la observaba con detenimiento.

M: Nunca he conocido una mujer como tú, Victoria.
V: ¿Es eso un elogio?
M: Oh, Victoria... (Extendió una mano sobre la mesa para coger la de ella).  Cualquier otra mujer me estaría ametrallando a pre­guntas sobre Carol, lo que había dicho, qué le había sucedido.  Pero tú... te has limitado a sentarte delante de mí con una sonrisa y que sonrisa.
V: Si quieres hablarme de Carol, lo harás sin que yo te pregunte nada (declaró Victoria con un leve encogimiento de hombros).  Si no quieres contarme nada, ¿qué sentido tiene preguntar?
M: Victoria (Marcos volvió a mover la cabeza con asombro).  Creía que todas las mujeres eran curiosas.
V: ¿En qué basas tu opinión? (inquirió Victoria, divertida, más que irritada).  ¿En tu experiencia con Carol?  Ella es bastante curiosa.
M: En ella y en mis otras hermanas.  El crecer rodeado de tres chismosas incorregibles es suficiente para que un hombre haga generalizaciones sobre las mujeres.
V: Tres hermanas (murmuró Victoria con cierto asombro).
M: Mis otras dos hermanas son mayores que yo (le informó Marcos, mientras añadía otra cucharada de azúcar a su café y lo movía).  Las dos son unas atolondradas, como Carol...

Victoria no pudo menos que sonreír ante la expresión de con­tenida exasperación de Marcos.

V: Ahora comprendo por qué has adoptado esa actitud respecto a las mujeres.

Marcos movió su cabeza pensativo y miró a Victoria con los ojos entornados.

M: Diego dijo que va a volver a Buenos Aires, pero no está seguro de que se quiera casar con ella (le informó, de repente).

Victoria le miró con extrañeza.
V: ¿Diego?

El padre de Lautaro.  Parece que el viaje de Carol a Florida no ha dado los resultados que ella esperaba,

V: Estoy segura de que será mejor para Lautaro que su padre este cerca de él, esté o no casado con Carol (opinó Victoria).  ¿Carol vive en Buenos Aires? (ante el asentimiento de Marcos, sonrió).  
M: No está lejos de aquí.  Es menos de 30 minutos en coche.

Los ojos de Marcos encontraron los de ella y también sonrió.  Fue una sonrisa de entendimiento mutuo.

M: Ya extraño a Lautaro (confesó).  Casi quisiera que Carol no hubiera vuelto todavía.
V: Supongo que te has acostumbrado a tenerlo aquí.
M: Nunca me acostumbraré a que no me dejen dormir por las noches (admitió él).  Pero aparte de eso, ha sido divertido.  En especial porque tú estabas aquí, compartiéndo conmigo.

V: Sigo aquí (murmuró Victoria).

Un suspiro ronco escapó de los labios de Marcos.

M: ¡No sabes cuánto me alegro de ello! (se puso de pie, se acercó a ella y la ayudó a levantarse).

Cuando su boca encontró la de ella, sus manos buscaron el cinturón de la bata, lo desataron y luego se deslizaron debajo de la tela para acariciar la desnuda piel femenina.

M: ¿Puedes imaginar lo difícil que es discutir con una persona, como mi hermana menor, cuando en tu habitación tienes a una hermosa mujer desnuda?
V: No (respondió Victoria con una sonrisa pícara y traviesa).  En rea­lidad no; nunca he estado en semejante situación.
M: Créeme (dijo Marcos con seriedad).  Es angustioso (se qui­tó el jersey, besó a Victoria en la base del cuello y volvió a lanzar un ronco gemido).  Vamos a la cama (rogó con voz enronquecida).

Victoria no necesitó demasiada persuasión.  Entrelazó sus dedos con los de él y subió a su lado a la habitación.

Continuará….


Capítulo 16


Capítulo 16

La dejó suave y tiernamente sobre su ancha cama.

M: ¿Quieres que deje encendida una luz? (le preguntó).

Victoria tiró de su brazo para que se sentara junto a ella, le acarició el hombro con suavidad,

V: Puedo sentirte mejor si no te veo (susurró).

Marcos rió con suavidad.

M: ¿Y cómo me sientes?
V: Increíblemente bien.
M: Hm (él suspiró complacido cuando ella dejó que sus dedos le exploraran a su gusto el torso).  Oh, Victoria (posó una mano sobre su cadera y la atrajo hacia él).  ¿No te alegras de que los hombres y las mujeres no seamos iguales?
V: Nunca he dicho que lo seamos (murmuró ella, deslizando la mano hacia la firme superficie dura del estómago de Marcos).

Marcos la instó a tumbarse y se inclinó para besarle los senos.  Sus labios se cerraron alrededor de un pezón y lo acarició con avidez y luego le pasó la lengua por la rosada punta hinchada.  Victoria gimió de placer.

M: Doy gracias a Dios por eso (murmuró Marcos antes de cubrir el otro pezón con la boca.
V: Ahora me toca a mí (jadeó Victoria, escabulléndose).

Marcos alzó la cabeza y la miró con curiosidad.  En su expresión había regocijo y algo más… desafío.  La estaba retando a que tomara la iniciativa.  Marcos acomodó la cabeza en la almohada y la observó con curiosidad mientras ella le buscaba con los dedos una de las tetillas.  Al loca­lizarla, inclinó la cabeza para besarla.  Casi inmediatamente, la tierna carne se endureció entre sus labios y cuando su lengua se aventuró a lamerla, Marcos lanzó un gemido.  Victoria se incorporó y preguntó
V: ¿Te hago daño?
M: ¡Oh no! (contestó él sin aliento).

Victoria se inclinó y buscó la otra tetilla.  Ésta también creció cuando ella la besó y cuando la mordisqueó ligeramente sintió que todos los músculos del cuerpo se ponían tensos.

V: Ahí tienes (declaró la feminista, tan excitada como Marcos al apartarse de él).  Diferentes, pero iguales.  Espero haberte con­vencido.
M: No me has convencido de nada (dijo Marcos con obstinación, girando sobre un costado y pasándole una pierna sobre las caderas para sujetarla).  Pero no pienso discutir el asunto contigo en este momento (sus labios la abrumaron con un candente beso y Victoria admitió en silencio que no era el momento más adecuado para discusiones filosóficas respecto a la igualdad de los sexos).
Marcos susurro con voz profunda, enronquecida:
M: Victoria... mujer. No me odias.  Realmente no me odias.
V: No te odio (admitió ella).
M: Incluso te gusto (sugirió él).
V: Más que eso, Marcos (confesó la joven).  Mucho más que eso.

Marcos la atrae nuevamente hacia su cuerpo.

M: No sabes lo que yo soñé con tenerte así, sentirte contra mi cuerpo.  Ay Victoria, que piel tiene, ahhh, que olor, tu perfume, tu piel, tu cara, me encantas toda, me vuelve loco, loquito…  Victoria te deseo tanto que no puedo pensar con claridad.

Sus labios se movían rápidamente por las mejillas y los párpados de Victoria.

M: Te voy a demostrar cuánto te deseo.  Quiero sentir cada milímetro de tu cuerpo contra el mío.

Marcos comenzó a besar a Victoria toda su cara, la besaba desde la frente, mejillas, quijadas, hasta llegar a su cuello, terminando en los labios de Victoria.  Besándola como si con ello se le fuera la vida, transmitiéndole todo la pasión que le tenía guardado. 

M: Victoria, sabes a dónde te voy a llevar nuevamente (le pregunta hiperventilado)
V: ¿A dónde?
M: Al fin del Mundo…(Hiperventilado) ¿Quieres que te lleve?
V: Si llévame, Marcos
M: Pídemelo, Victoria.
V: Llévame, llévame al Fin del Mundo, Marcos

Fue una orden tácita, la que Victoria le expresó a Marcos.  El aturdido cerebro de Marcos empezó a percibir algunas cosas.  Victoria olía a melocotones y sus labios de forma perfecta estaban ligeramente entreabiertos como suplicando otro beso.  Pero eso no fue lo único que percibió.  El cuerpo de Marcos respondía al volver a hacer contacto contra el cuerpo de la mujer que la traía loco por lo que cierta parte de su anatomía respondía de forma muy masculina y explosiva.

Marcos dibujó la boca de ella con su lengua para a continuación fundirse en ella en un profundo beso que provocó en Victoria agudas punzadas de placer por todo su cuerpo.  Por un momento pensó que iba a derretirse.  Era como si sus huesos se hubieran vuelto de goma y en lugar de sangre, corriera por sus venas miel caliente.
Marcos enredó sus dedos en el cabello de Victoria para mantenerla así cautiva mientras acariciaba con la lengua sus zonas erógenas más recónditas.  Victoria también podía saborear su pasión.  Su pulso se aceleró y se le disparó la temperatura.  Por su parte Marcos le estaba demostrando que sentía lo que decía de tal forma que ya no le quedaba la menor duda de que él la deseaba y estaba completamente enamorado de ella.

Lentamente, Marcos fue relajando la presión de su boca sobre la de ella hasta interrumpir el beso.

Victoria le hizo sentir a Marcos que ya estaba preparada para recibirlo a él.  Marcos entra en Victoria con suavidad pero a la misma vez con firmeza.  Ya hundido en el cuerpo de ella como estaba, sus músculos luchaban por ponerse en tensión para completar el acto amoroso, pero Marcos los ignoró.  No iba a dejarse llevar por la lujuria antes de estar seguro de que Victoria estaba lista para recibir placer.  A partir de ahora, siempre que te haga el amor, te voy a llevar al fin de mundo donde solamente tú y yo existamos.

La miró tiernamente y esperó a detectar un gesto de aceptación en los bellos ojos de Victoria.  Entonces, empezó a moverse con mucho cuidado con los ojos cerrados, concentrándose para no perder el control.  En su esfuerzo por reprimirse, mantenía los ojos cerrados con tal fuerza que veía destellos de colores en sus párpados.  Pero se resistía a dejarse llevar.  Victoria confiaba en él.  Cuando Marcos sintió que ella respondía a sus movimientos, abrió los ojos para buscar en la mirada de ella un anhelo igual al suyo.  Aceleró el ritmo al que se movía sin dejar de mirarla.  Las mejillas de Victoria resplandecían por la pasión.  Marcos sentía la presión de los músculos internos de Victoria mientras que ella se acercaba al punto cumbre de su pasión.

M: Eso es, Victoria (jadeó él).  Déjate llevar.

Cuando Victoria hundió sus uñas en la espalda de Marcos mientras gemía su nombre, Marcos supo que ella estaba a punto de llegar.  Pegándose aún más a ella, intensificó el ritmo de sus movimientos hasta que sintió cómo Victoria se relajaba repentinamente y liberaba toda su tensión.  El clímax de ella desencadenó el suyo, y estremecido por su intensidad, Marcos no se detuvo hasta derramarse dentro de ella.

Volvieron a hacer el amor frenética y desesperadamente y cuan­do descendieron de las cimas del éxtasis, Victoria se acurrucó en el firme refugio de los brazos masculinos de Marcos, dis­frutando de la apacible oscuridad que los rodeaba y se quedó dormida.

Continuará….


sábado, 1 de febrero de 2014

Capítulo 15


Capítulo 15

M: Victoria...

Al principio, Victoria, creyó que la voz formaba parte de su sueño.
Pero cuando oyó su nombre por segunda vez, el sonido fue demasiado real.  Haciendo un enorme esfuerzo, se incorporó y vio a Marcos.

Se fijó en sus ojos primero, esos ojos que habían estado nubla­dos por la fatiga la última vez que los había visto y ahora estaban brillantes y alertas.  Observó su pelo revuelto que poseía destellos dorados a la luz ambarina de la lámpara.  Cambiando de rumbo, su mirada bajó.  Notó que sólo llevaba puestos unos pantalones cortos, contempló su torso desnudo.  Estaba muy bronceado y musculoso.  Había tratado de imaginar su torso varios días antes, cuando había percibido su contorno bajo la fina tela de su camisa, pero su imaginación se había quedado corta en comparación con la realidad.  Su cuerpo era magnifico.

Estaba sentado tan cerca de ella que pudo sentir el calor que emanaba de su cuerpo.  Se humedeció involuntariamente los labios con la punta de la lengua y luego se obligó a subir la mirada.

V: Creo que me he quedado dormida (susurró).  ¿Qué hora es?
M: Tarde (le informó él, con tono apacible y con los ojos fijos en ella).  He creído oír el llanto de Lautaro y al levantarme para ir a verle, me di cuenta que estaba encendida la luz de la sala.  He venido a apagarla y... (a manera de conclusión extendió una mano y le apartó un mechón de la mejilla y se lo colocó detrás de la oreja) te vi, estabas profundamente dormida.
V: ¿Estaba bien Lautaro? (preguntó ella y se preguntó si Marcos habría notado el leve temblor de su voz al sentir el toque de sus dedos sobre su mejilla).

Su pulso y su respiración se hacían más agitados.

M: Sólo balbuceaba en sueños (dijo él).  No suele dormir tan profundamente.  ¿Qué le has hecho?

Victoria consiguió esbozar una sonrisa.

V: ¿Qué crees?  He puesto mi sabiduría maternal congénita (se incorporó y se apoyó sobre su codo).  Creo que debería irme a casa.

Otra vez los dedos de Marcos se dirigieron a su pelo.

V: No (dijo ella con voz trémula, pero decidida).  No deberías hacer esto.

Lo vio inclinarse para besarla.  No se movió, no hizo ningún intento por resistirse.  En lugar de ello, volvió a acostarse y Marcos quedó encima de ella.  Los labios de Marcos mordisquearon los de ella, luego los obligaron a entreabrirse.  La lengua masculina invadió su boca, buscando su lengua.  Victoria gimió.  Ningún hombre la había besado como Marcos y ni siquiera trató de reprimir la oleada de sensualidad que la invadió cuando la lengua de Marcos encontró la suya y la retó a un duelo erótico.

Victoria llevó las manos a la cintura de Marcos.  La sensación de su piel desnuda bajo sus dedos la sobresaltó y apartó las manos con timidez.

M: Me gusta que me toques, Victoria (susurró él).  Te deseo… te deseo...
V: Prometiste no usar esa palabra (le recordó Victoria).
M: No la usaré, entonces (prometió Marcos, mordisqueándole la mandíbula).  Pero recuerda que acciones que dicen más de mil palabras (su boca volvió a cubrir la de ella, en un beso más elocuente que todas las palabras).

Victoria volvió a suspirar.  Hablaran o no de deseo, éste se podía palpar y sentir.  Deseaba a Marcos; deseaba tocar su magnífico torso y ancha espalda.  Victoria volvió a alzar con timidez una mano y le tocó el costado, sintiendo la amplia caja torácica bajo sus dedos.  Él gimió ligeramente, luego se echó hacia atrás para que ella pudiera explorar su pecho con los dedos.

Después de besarla de nuevo, Marcos concentró su atención en los botones de la camisa de la joven.  Los desabrochó con manos expertas y, durante un momento que pareció congelarse en el tiempo, lo único que hizo fue contemplar el pecho de la joven, sus senos luchando contra las copas de su sujetador.  Su sola mirada la excitaba; sintió que sus pezones se henchían ante la mera idea de su caricia.

Victoria casi deseó que él dijera algo, cualquier cosa.  El sonido de su voz sería más familiar para ella que los rápidos jadeos anhe­lantes que no podía controlar o la respiración que se ahogó en su garganta cuando el dedo índice de Marcos dibujó una línea a lo largo de su esternón hasta el broche frontal de su sujetador.  Lo desabro­chó y apartó las copas. 

Marcos pareció vacilar, como si quisiera resistir la tentación que repre­sentaban para él aquellos senos pequeños, pero firmes.  Alzó la mirada hacia su cara y ella advirtió que su respiración era tan agitada como la suya.  El la interrogó con la mirada, esperando su consentimiento.

Ella le deseaba, deseaba sus caricias; quería que la abrazara que la hiciera suya.  Quería gritárselo, expresar con vehemencia su pasión.  Pero era ella quien había fijado las reglas, quien había decidido que no debían hablar de su deseo.

Victoria luchó por controlar el impulso de desgarrar el resto de sus ropas y entregarse frenéticamente a él.  La oportunidad que Marcos le estaba dando para detenerle en aquel punto era un regalo ines­perado y ella la aprovechó para considerar a quién deseaba en realidad.

No era al Juan Tenorio de la oficina.  No era al casanova de la sonrisa fácil y los hoyuelos cautivadores.  No al machista incorregible que consideraba a las mujeres como seres volubles y sin control sobre sus emociones.

Victoria había llegado a la conclusión que quería al tío amoroso, al hombre tierno y responsable.  Deseaba al colega que la trataba como a una igual, al amigo que le confiaba sus desazones y sus problemas, al hombre que admitía necesitarla.  Deseaba a aquel hombre considerado y galante que le estaba dando la oportunidad de decir que no, aunque los dos ardían de deseo.

Deseaba a este Marcos, al que había llegado a querer... a respe­tar… a amar, en los últimos días.  Sabía quién era ella; una mujer lo bastante sincera como para admitir que le amaba.  Victoria, aspirando profundamente, le cogió una mano a Marcos y se la llevo a los labios.  Le besó la punta de los dedos y luego la apretó contra la turgente curva de su pecho.  El placer de Marcos ante aquel gesto fue apenas palpable.  

Marcos se inclinó para besarla con un beso prolongado, profundo, que fue más allá de su boca, más allá de su cuerpo para incendiar su alma.  Le rodeó con los brazos, colocando una palma sobre el arco de su espalda y deslizando la otra hasta la base de la nuca para enredar los dedos en su pelo mientras fundían sus bocas en otro apasionado beso.

Cuando las manos masculinas se posaron en sus senos y empezaron a acariciarlos con suavidad, Marcos movió las caderas contra ella con un ritmo constante.  Victoria respondió instintivamente y arqueó el cuerpo hacia él en un ritmo similar.  Marcos emitió un gemido desgarrado y buscó afanosamente la cremallera de los pan­talones de la joven.

El contacto de sus dedos sobre la sedosa piel de su estómago la trastornó.  No tardó en encontrarse completamente desnuda.  Marcos contuvo el aliento un momento.  Luego, Marcos con sus manos recorrieron desde los angostos tobillos hasta las esbeltas pantorri­llas de Victoria.  Siguió acariciando hacia arriba y se detuvieron en las rodillas sólo el tiempo suficiente para hacerla gemir con impaciencia.  Una leve sonrisa asomó a los labios de Marcos mientras sus manos acari­ciaban las piernas de la muchacha, primero por la parte delantera y luego por detrás de los muslos, dejando para lo último la sensible piel de la parte interior de los mismos.  Sus caricias estaban tan cercanas a ella, tan incitantemente cercanas que con un jadeo impaciente que Marcos le cogió una mano a Victoria y la condujo hasta donde más ansiaba su contacto.

Aferrando la tela de los pantalones cortos, Victoria olvidó por un instante su propia frustración y recorrió con la punta de los dedos la dureza que proclamaba el deseo masculino.  Recorrió toda su extensión palpitante a través de la suave tela, disfrutando de la embriagadora sensación que le producía la conciencia de su propio poder sobre él.  Marcos gruñó algo ininteligible y desató el nudo corredizo de la cinturilla de su pantalón corto.  La cuerda se aflojó y ella metió la mano.
M: ¡Oh, Victoria...! (exclamó él con voz ahogada).

Mientras se arqueaba contra su mano atrevida, ella respondió a la torturadora súplica bajándole los pantalones para arrojarlos luego al suelo

El cuerpo desnudo de Marcos cayó sobre el de Victoria, su boca devoró su boca con voracidad y su mano se movió con dulce insistencia entre las pier­nas, hasta que Victoria no fue otra cosa que hirviente sensación, húmeda receptividad.  Ella trató de tocar otra vez su palpitante virilidad, pero él esquivó el contacto.

V: Marcos (susurró ella, olvidando las reglas del juego).  Te deseo...
M: Sí (murmuró Marcos, deslizando la mano hasta sus muslos para abrirla por completo a su vigorosa arremetida).

Sucedió casi con demasiada rapidez, sus poderosas embestidas la llevaron a un súbito clímax.  Tembló en los brazos de Marcos cuando el éxtasis invadió todo su cuerpo.  Durante largo rato después Marcos apenas se movió.  Ella lo abrazó con delicadeza, deslizando las manos por su espalda bañada en sudor mientras su cuerpo se relajaba lentamente y su respiración volvía a la normalidad.  Victoria sentía un inmenso agradecimiento por lo que acababa de compartir con él.

Victoria nunca había experimentado nada tan intenso en su vida.  No podía entender lo que Marcos podía hacer con su cuerpo.  Lo único que sabía era que iba más allá del simple deseo.

Le sintió agitarse y aflojó el abrazo.  Marcos se incorporó para poder verla.  Su sonrisa era enigmática, sus ojos lúcidos y luminosos.  La besó con suavidad.

M: Habíamos esperado mucho por esto, Victoria (murmuro con voz aterciopelada).

Era cierto, Victoria se dio cuenta de repente con azorada y súbita lucidez.  Habían esperado demasiado para aquello.  Cuatro años.  Cuatro años de deseo contenido, escondido detrás de una fachada de hostilidad e indiferencia.  Cuatro años hasta que aquel primer beso alcanzara su culminación natural.  Se habían ido preparando para aquel momento desde el día en que se habían conocido.

Marcos se puso de pie.  Luego deslizó los brazos por debajo de los hombros y las rodillas de la joven y la cogió en brazos como si no pesara nada.  Luego apagó la luz y, después de besarla en la frente, subió con ella en brazos las escaleras hacia su habitación.


Continuará….