miércoles, 5 de febrero de 2014

Capítulo 20


Capítulo 20

Cuando llegó el día en que habían quedado para comer con Francisco Barrios, fueron al restaurante en un solo coche.  Marcos estuvo callado durante el trayecto, quizá un poco tenso.

V: Espero que no pelees con Barrios (le advirtió Victoria).  No olvides que es un cliente.
M: Y yo soy un hombre civilizado (replicó Marcos).  No quiero pelear con nadie (le dirigió una mirada de soslayo y frunció el ceño).  ¿Tenías que ponerte ese vestido?

Victoria bajó la mirada a su vestido.

V: ¿Qué tiene de malo mi vestido?
M: Es rojo.

Victoria se echó a reír.

V: Es vino.
M: ¿Por qué no te has puesto uno de esos trajes sastres que sueles usar en la oficina? (insistió Marcos).  Y todo ese maquillaje...
V: ¿Todo este maquillaje?  Que, siempre me pongo el mismo maquillaje.

Marcos movió la cabeza, luego se pasó una mano por el pelo.

M: ¿Cómo esperas que Francisco Barrios te tome en serio como asesora cuando te has puesto tan… tan provocativa?

Victoria tuvo más remedio reírse ante la actitud celosa de Marcos.  Una sonrisa maliciosa jugueteó en sus labios mientras llegaban al estacionamiento del restaurante donde debían encontrarse con Francisco Barrios.  Marcos todavía tenía el ceño fruncido cuando la ayudó a bajarse del coche.

A: El señor Barrios los espera (le anunció el anfitrión del restaurante y les condujo hacia un reservado situado en un acogedor rincón del comedor.  Francisco se puso de pie para recibirlos.  Más o menos de la misma edad que Marcos, Francisco era un poco más bajo de estatura que éste y más delgado.  Su pelo marrón claro estaba impecablemente peinado, demasiado, pensó Victoria al observarlo.  Prefería el aspecto desordenado del pelo de Marcos.

FB: Victoria, me alegro de verla (dijo Francisco, cogiéndola de la mano).  Marcos, me alegro de verte también.

Los dos hombres se dieron la mano y luego se sentaron uno a cada lado de Victoria.  Inmediatamente los dos se enfrascaron en una charla de varios temas intranscendentes.

Victoria miraba a uno y a otro y fingía prestar atención a lo que decían, pero su mente estaba en otra parte.  Además, había empezado a sentir un leve malestar, un inicio de náusea.

FB: ¿Usted qué opina, Victoria? (preguntó de repente Francisco).
V: ¿Eh? Dis… disculpe, no estaba atenta.

Francisco sonrió con indulgencia.

FB: Le preguntaba qué opina sobre la liga.
V: ¿La liga? (Victoria seguía en las mismas).  ¿Qué liga?
FB: La liga de fútbol (explicó el empresario, dándole palmaditas en un hombro).

Los ojos de Marcos siguieron el movimiento de la mano de Barrios cuando se posó por un momento en el hombro de Victoria para apartarse cuando llegó el camarero con las bebidas.  Victoria notó la arruga de disgusto que se había formado en el ceño de Marcos.

Sonriendo, ella dijo:

V: Me temo que no sé mucho sobre deportes, señor Barrios.

Dejaron el tema del fútbol cuando el camarero llegó para tomar nota.  Victoria pidió una ensalada de espinacas y cuando Marcos le dio un golpecillo en el tobillo con la punta del pie por debajo de la mesa, ambos intercambiaron una sonrisa.

V: Tengo noticias que le alegrarán, señor Barrios (dijo Victoria).  Hemos preparado una encuesta destinada a los clientes potenciales de Barrios Software para saber cómo dirigir nuestra campaña de promoción.
FB: Eso me alegra mucho (ijo Francisco y la volvió a dar unas palmaditas en el hombro.  Su mano permaneció en el respaldo del asiento mientras la miraba).  Me asombra conocer una mujer que no sólo es hermosa, sino también inteligente.

Sonriendo con melosidad, Victoria cogió la mano del empresario y la apartó de su hombro, volviéndola a dejar sobre la mesa.

Marcos observó toda la maniobra con atención, como un tigre al acecho.  Pero Francisco devolvió la sonrisa a Victoria, dejando su inquieta mano donde estaba.

FB: Es una mujer excepcional, ¿verdad, Marcos?  (Dijo, aunque sus ojos no se desviaron de ella).
M: ¿Excepcional en qué sentido? (preguntó Marcos con los dientes apretados).
FB: Excepcional en todo sentido.  Bella, inteligente y segura de sí misma.
M: No hace falta que me enumeres sus cualidades, Francisco (dijo Marcos, haciendo un visible esfuerzo por controlar la ira).  La conozco desde hace mucho tiempo, no lo olvides.
FB: Si la conoces desde hace tanto tiempo y no la has conquistado aún, es que empiezas a perder tus habilidades, viejo.

Victoria dio un respingo.  Estaba quizá más indignada que Marcos.

V: Sí no le molesta, preferiría que habláramos de otra cosa, señor Barrios.  No soy ninguna muchachita tonta que se conquista o de la que se toma posesión como si fuera un objeto.
FB: ¡Y qué genio! (comentó Francisco con admiración, dejando que su mano se deslizara debajo de la mesa sobre el muslo de Victoria).

En cuanto la mano de su amigo desapareció de vista, Marcos se incorporó como movido por un resorte.

M: Créeme, Francisco, sé más del genio de Victoria de lo que tú te puedas imaginar (dijo con intención y con autoridad).

Genio o no genio, el leve malestar que había aquejado antes a Victoria adquirió ahora las dimensiones de una náusea declarada.

V: Si me disculpan (se puso de pie y miró a uno y a otro, como preguntando cuál de ellos la dejaría pasar).

Ambos se pusieron de pie.  Francisco se deslizó fuera del reservado y Marcos le apartó la mesa.  Apretando los dientes, Victoria se dirigió hacia el cuarto de baño.  ¡Hombres! gruñó en su interior.  ¡Niños!  ¡Todos los hombres son unos niños!

Continuará….


domingo, 2 de febrero de 2014

Capítulo 19


Capítulo 19

Para Victoria, el hecho de no ver a Marcos en toda la mañana la inquietó más de lo que le parecía lógico.  La verdad era que Victoria lo extrañaba y mucho, pero también extrañaba sus besos, sus abrazos en fin todos sus mimos y caricias por lo que ya pensaba que era adicta a éstos.  Saber que Marcos estaba en el mismo edificio que ella, separado sólo por unos centímetros de cemento, era suficiente para casi volverla loca.  No era que deseara olvidar su trabajo y pasarse todo el día con él, jugando, riendo y haciendo el amor, pero sí deseaba compartir al menos una sonrisa, una palabra de afecto o un comentario privado, una caricia sutil.  Sabía que lo mejor era mantener las distancias en el trabajo, pero le echaba de menos.

A la hora de la comida Victoria se sentó con dos asesores, quienes inmediatamente interrumpieron sus comentarios sobre el partido de fútbol del día anterior, en deferencia a la dama que se hallaba entre ellos.  Cuando Marcos entró en la cafetería algunos minutos después y le negó incluso una inclinación de cabeza a modo de saludo, Victoria sintió que algo se marchitaba dentro de ella, una parte sensible que anhelaba la ternura de Marcos como nunca había anhelado a nadie.  

Durante casi cuatro años él había entrado en la cafetería sin saludarla y eso no la había afectado lo más mínimo.  Pero ahora… ahora era diferente.  Ahora sabía que Marcos podía disipar la soledad que la había invadido durante toda su vida.  Verlo allí, en el mismo lugar, y no poder correr a su lado, abrazarlo y besarlo, o por lo menos saludarle, acentuó su sensación de soledad.

Era ella la que había fijado las reglas, claro, y sabía que la discreción era importante, pero... ¿tenía que sentarse él en una mesa ocupada por un montón de secretarias, como un gallo en el gallinero?  ¿O como un sultán en su harem?

Nunca había sentido celos.  No era una mujer insegura.  Marcos le había demostrado que la consideraba atractiva y excitante.  No le creía tan frívolo o inconsciente como para considerar el fin de semana que habían disfrutado juntos como algo pasajero y sin importancia.

Sin embargo, a Victoria le irritaba que él hubiera adoptado de nuevo sus habituales aires de don Juan.  Trató sin mucho éxito de ignorarle durante la comida.  Trató de participar en el diálogo de sus compañeros de mesa, pero perdió el apetito y encontró poco divertida la charla sobre política internacional.  Cuando se excusó y se levantó de la mesa, sus compañeros apenas notaron cuando se fue.

Ella tenía la culpa, se dijo al entrar en el baño.  Ella había fijado las reglas.  Reglas razonables, tenía que admitir.  Se peinó e hizo una mueca a su propio reflejo.  Suspirando, se pintó los labios y salió.  Decidió subir a su despacho por las escaleras con la esperanza de que el ejercicio la ayudara a serenarse.  Cuando llegó su área de trabajo, se dirigió hacia la sala de descanso para prepararse un café.

Se detuvo en la puerta de la sala.  Rebecca estaba frente a la cafetera, echandole agua.  Marcos se encontraba a su lado, apoyado contra la pared.  Ninguno advirtió la presencia de Victoria y ella retrocedió con presteza para esconderse detrás de la puerta.  Ya no los podía ver, pero sí oírlos.

M: Cuanto antes pases a máquina las preguntas de la encuesta, mejor, Rebecca (estaba diciendo Marcos).
R: Ya sabes que haré lo que sea por complacerte, Marcos (le aseguró Rebecca con voz coqueta).

Victoria apretó los labios.

M: Ese café huele muy bien (comentó Marcos).  Ojalá supiera preparar café.  Me han dicho que el café que hago sabe a agua de fregar.
R: Cualquiera puede hacer un café decente (dijo Rebecca).  Si quieres te enseño.
M: De acuerdo (dijo él).  El único problema es que si aprendo a preparar buen café, ya no tendré excusa para pedirles a los demás que me lo preparen.

La risa de Rebecca no ayudó a calmar la furia que comenzaba a invadir a Victoria.

R: ¿Cómo lo tomas? (preguntó Rebecca)  ¿Con leche?
M: Eso no tiene nada que ver con la leche (se quejó Marcos).  Lo tomo solo, con azúcar.
R: Aquí tienes (dijo Rebecca).

¡Maldita sea!, gruñó Victoria para sí.  ¿No podía mover su propio café?  ¿Tenía que dejar que una admiradora realizara por él tan insignificante tarea?

M: Gracias (Marcos hizo una pausa y Victoria lo imaginó dando un sorbo al café).  Eres genial, Rebecca.  Está delicioso.  Gracias otra vez.
R: Ha sido un placer, Marcos (dijo Rebecca con voz melosa).

Si Marcos iba a salir de la salita, Victoria tendría que hacer su aparición.  No podía permitir que la pillaran expiando detrás de la puerta.  Haciendo acopio de valor, entró en la salita del café.

Marcos se detuvo en seco al verla entrar.  Su amplia sonrisa perdió fuerza al saludarla.

M: Hola, Fernández (dijo).
V: Qué tal, Guerrero (dijo ella con tono helado y pasó por delante de él en dirección a la cafetera).  Hola, Rebecca (saludó a la secretaria con excesiva afabilidad).
R: Hola, Victoria

La mirada de Rebecca se desvió de Victoria a Marcos, quien permanecía cerca de la puerta, viendo cómo Victoria se servía una taza de café.  Aunque Victoria evitaba mirar de frente a Marcos, podía sentir sus ojos fijos en ella.

El silencio que flotaba entre ellos lo puso nervioso y agradeció que Rebecca rompiera el mismo.

R: Marcos me ha pedido que pase a máquina el cuestionario para la encuesta de Barrios Software (le comunica a Victoria).
V: Sí, es lo mejor (dijo ésta).

Rebecca dirigió otra mirada rápida en dirección a Marcos antes volver a decirle a Victoria.

R: ¿Sigues trabajando en ese asunto?  Por la forma en que Marcos ha hablado, he pensado que... bien, se me ha ocurrido que quizás habían encargado otra cosa. 

Victoria dirigió a Marcos una fría sonrisa.

V: Según las últimas noticias sigo trabajando en eso (le contestó Victoria, aclarando).  Ya sabes cómo es Guerrero, Rebecca.  Le duele mucho tener que compartir conmigo los honores sobre cualquier cosa.

Marcos esbozó una sonrisa irónica.

M: Hay algunas cosas sobre las que compartiría gustoso los honores contigo, Fernández (dijo Marcos con un significativo tono que solo ellos dos entendían).

Victoria no pudo evitar ruborizarse.  Ante la mirada perpleja de Rebecca, Victoria optó por retirarse.

V: Si me disculpan (dijo, cogiendo su taza de café y dirigiéndose a la puerta).  Algunos no tenemos tiempo para pasar toda la tarde en la sala del café.

Una hora después Marcos la llamó por teléfono a su despacho.

***Llamada Telefónica***
M: Fernández, habla Guerrero.  ¿Podrías venir a mi oficina?
V: ¿Para qué?
M: Necesito hablan contigo.  En persona.  Es urgente.
V: Bien, voy ahora, espérame.

La puerta de Marcos se abrió en cuanto que Victoria llamó.  Marcos la tomó en sus brazos con vehemencia.

M: Este ha sido un día muy difícil para mí (le susurró antes de cubrirle la boca con la suya).

Victoria había intentado mostrarse fría con él hasta que se disculpara por flirtear con Rebecca y las chicas de la cafetería.  Pero en cuanto su cálida lengua se abrió camino en su boca perdió toda capacidad de resistencia.

Cuando por fin la apartó un poco para mirarla a la cara, después de lanzar un ahogado gemido, Marcos dijo:

M: ¡Oh, Dios! También ha sido duro para ti, ¿verdad?
V: En realidad no (declaró ella sin mucha convicción).
M: Es por eso por lo que me trataste tan mal en la salita de café, ¿verdad?

Victoria deslizó dos dedos por la abertura que quedaba entre dos botones de su camisa y alzó los ojos llenos de tierno reproche hacia él.

V: Yo sólo me estaba defendiendo.
M: Hm (Marcos le cogió la cara con las manos).  Quizás mañana a la hora de la comida podamos escabullirnos e ir a un lugar cercano donde podamos estar los dos solitos.
V: Eso me parece de lo más sórdido (protestó Victoria, aunque estaba riendo).
M: No tanto como tirarte al suelo aquí en mi oficina y hacerte el amor (dijo él).  Lo cual es una posibilidad muy real, si se considera la forma en que me siento ahora (le cogió las manos entre las suyas y bajó la cabeza para besarla con suavidad en los labios).  Creo que fingir que no me interesas sólo me hace desearte mucho más.
V: Pues parecías soportar tu tormento con gran estoicismo (comentó Victoria con sarcasmo).  ¿Por qué tenías que decirle a Rebecca que es genial sólo porque sabe preparar un café tolerable?
M: ¿Lo oíste? (Marcos pareció asombrado por un momento y luego la miró con ojos entornados).  ¿Me estabas espiando?

Victoria esquivo su mirada acusadora.

V: So... sólo oí un poco de la charla al... al entrar.  Me pareció que te estabas excediendo en tus elogios, ¿no crees?
M: ¿Qué tiene de malo decir algunas palabras bonitas a una pobre chica?
V: Pero ¡Qué amable eres!  Además, ¿por qué le diste a entender que yo ya no trabajaba en el contrato de Barrios?
M: ¿Por qué dices eso?
V: Porque le pediste que pasara a máquina la encuesta para ti... no para nosotros.
M: ¿Y eso qué importancia tiene? 
V: Porque Rebecca supuso que yo no trabajaba ya en el proyecto.  Está bien que finjamos no tener nada que ver en el plano íntimo cuando estemos aquí, pero no me parece bien que me ignores por completo.  Marcos, el proyecto es nuestro, no lo olvides.

Marcos estudió su indignada expresión por un momento, luego asintió.

M: Tienes razón.  Creo que no tengo costumbre de compartir los proyectos con otros asesores.
V: En especial con asesoras.
M: Es cierto.  En especial con asesoras tan hermosas.

Victoria hizo un gesto de fastidio, pero sus labios se curvaron con una sonrisa de reconciliación, Marcos la besó y luego dijo:

M: También te he llamado para decirte que Francisco Barrios me ha telefoneado
V: ¿Si?  ¿Y qué ha dicho?
M: Primero me ha informado de que ha recibido su copia del contrato y ha querido darme las gracias por haberlo hecho tan rápido.
V: ¿Darte a ti las gracias? (explotó Victoria).  Fui yo la que acució a los de contabilidad.  Tú estabas en casa con Lautaro.

Marcos sonrió.

M: Supongo que Barrios ha pensado que aunque tú eras la asesora ideal para cortejarle con e! fin de conseguir el contrato, yo soy el adecuado para realizar todo lo relativo a su aplicación práctica.
V: ¡Una típica actitud machista!
M: Eso me ha parecido a mí.  De manera que le he confesado que habías sido tú la encargada de acelerar los trámites del contrato.

Victoria se quedó muda y sin saber cómo reaccionar ante aquel inesperado cambio de la situación.

M: Como muestra de agradecimiento, ha decidido invitarte a comer.

Victoria hizo una mueca de fastidio.

V: Wow, ¡Qué afortunada soy! (dijo con sarcasmo)
M: De modo que no tardará en llamarte (la avisó Marcos).  Cuando concretes con él la cita recuerda por favor que los martes yo no puedo ir.  Tengo partido de squash los martes desde las doce hasta la una y media.
V: Marcos... tu programa de actividades no viene al caso, ¿no crees? (señaló Victoria).  Si Barrios quisiera comer contigo también, te habría invitado, ¿no?

Los ojos de Marcos brillaron con malicia.

M: Eres tú la que subraya a cada momento que este es nuestro proyecto, Victoria.
V: De acuerdo, pero si Barrios es el que invita, tiene derecho a elaborar la lista de invitados.
M: Victoria... me dijiste que tiene la costumbre de buscarte la rodilla por debajo de la mesa.
V: Y también te dije que me sé cuidar sola.
M: Pues yo quiero estar presente cuando comas con Barrios (insistió Marcos).  No me importa lo importante que sea como cliente; no quiero que te moleste.  No quiero que te toque.  Es más, no quiero que piense en ti de otra forma que no sea como colaboradora en el proyecto para promocionar su compañía.  Punto.

Victoria le miró durante un buen rato. Su insistencia le parecía a la vez divertida y conmovedora.
V: ¿De verdad quieres estar de mirón?
M: Quiero sentarme entre Francisco y tú para que él ocupe sus manos inquietas en otros menesteres aparte de tratar de agarrarte las rodillas.

Victoria rió.

V: ¿Ce!oso?

Marcos frunció el ceño.

M: Esto no es cuestión de celos, Victoria, es cuestión de política de negocios.  Es cuestión de que Barrios aprenda a tratarte como una profesional, como una igual... no como objeto sexual.

Victoria tuvo que hacer un esfuerzo para reprimir la risa.

V: Quizás sepa algunos buenos chistes bobos (dijo).  Si quieres venir a comer con nosotros porque estás colaborando en el proyecto, estoy de acuerdo.  Pero no voy a permitir que vengas para darle manotazos cuando se pase de la raya.  Soy muy capaz de defender sola mi honor.

Marcos la miró un momento y luego dijo con excesiva solemnidad:

M: Iré porque estamos colaborando juntos en el proyecto.
V: Bien, entonces puedes ir (accedió Victoria).
M: Magnifico (la besó en la frente).  ¿Nos vemos esta noche?
V: Eso depende de quién prepare la cena (bromeó ella).
M: Si vienes a mi casa, cenaremos pizza congelada.  ¿Cuál sería el menú en la tuya?
V: Atún con mayonesa.  Vayamos a tu casa.
M: Me parece bien.  Pero tú tendrás que preparar el café en la mañana, si quieres que sea bebible.

Marcos le dio un beso breve en los labios y la acompañó a la puerta.  Después de mirar a ambos lados con actitud conspiratoria, le dio un último beso antes de que ella se dirigiera hacia las escaleras.

Pasaron todas las noches de la semana juntos, lo cual hizo más soportable la forzada indiferencia en la oficina.

No hablaban de amor.  Pero Victoria sabía que existía entre ellos; la frenética pasión que los unía cada noche no podía emanar de otra cosa que del amor.  Sin embargo, no estaba segura de que fuera un amor para toda la vida.  Y puesto que Marcos seguía provocando suspiros nostálgicos entre el personal femenino de la compañía, Victoria no estaba muy segura si él estaría dispuesto a mantener una relación permanente.

El Don Juan Tenorio de la oficina no podía cambiar de la noche a la mañana, aunque se lo propusiera.  Victoria tenía que hacer todo lo posible por ignorar los seductores hoyuelos de Marcos cada vez que éste le dedicaba a las compañeras de trabajo una de sus sonrisas.  Quería creer que ninguna de sus muestras de afecto no significa nada para él, que sólo nacían de un impulso caballeresco y de un innato respeto y admiración por el sexo femenino en general.


Continuará….

Capítulo 18


Capítulo 18

Eran casi las cuatro de la tarde cuando Victoria llegó por fin a su apartamento.  ¿Cómo y dónde se había pasado el día?  Bien, sabía la respuesta a esa pregunta y apenas se le podría ocurrir una mejor manera de pasar un domingo.

No debía haberse preocupado porque Marcos volviera a ser el mismo macho arrogante cuando Lautaro se fuera.  Cuanto más lo pensaba, más se convencía de que todos los defectos que ella le atribuía a Marcos habían nacido de su deseo de resistirse a su fascinación.  Era fácil no ceder a su encanto viril si se pensaba que se trataba de un hombre lleno de prejuicios respecto a la mujer.

No era perfecto, por supuesto.  Tenía sus momentos de machismo.  Pero siempre se mostraba dispuesto a recapacitar sobre sus propias ideas y opiniones y a escuchar el punto de vista de Victoria.

Y respecto al excesivo sentimentalismo de las mujeres... ¿no era él a veces también demasiado sentimental?  ¿No le había comprado un ridículo oso gigantesco a su sobrino?

Después de hacer el amor y haber conseguido levantarse de la cama, Marcos se había vestido y había pasado largo rato en la habitación que había servido de guardería, con el pretexto de buscar un lugar donde guardar la cuna portátil.  Victoria le había visto ponerse melancólico mientras echaba la bolsa con pañales usados en la basura y luego limpiaba el escritorio para volver a colocar encima su ordenador.

M: ¡Está tan vacío sin él! (era lo único que había dicho).

Sin dramas, sin lágrimas, pero a su propia manera controlada, había demostrado ser tan sentimental como una mujer, tan sentimental y lleno de ternura. 

¿Por qué habían desperdiciado cuatro años de sus vidas esquivándose el uno al otro?, se preguntaba Victoria mientras se dirigía hacia su habitación.  Se desnudó y luego se dio una ducha.  Marcos la recogería a las cinco y media para ir a cenar, esta vez a un restaurante.  Quizás Marcos echara de menos a su sobrino, pero era agradable poder salir a cenar sin tener que buscar primero a una niñera o limitar la opción de restaurantes de comida rápida.

Se enjuagó el pelo y contempló las burbujas deslizarse por su cuerpo.  Cerró los ojos y recordó las manos de Marcos sobre ella, sus labios, la pasión de sus besos y sus caricias y sintió un estremecimiento sensual que erizó toda su piel.

Mientras cerraba el grifo del agua decidió que tendrían que ser discretos en la oficina.  No quería que se convirtieran en el tema favorito de chismes y murmuraciones entre las secretarias.  Durante la cena explicaría a Marcos que esperaba que ellos pudieran mantener una distancia profesional en el trabajo.  Estaba segura de que él accedería; a él tampoco le gustaba ser la comidilla de los chismes de pasillos de oficina.

Salió de la ducha, cogió una toalla y se envolvió en ella.  Luego, buscó una segunda toalla, más pequeña y se secó el pelo con energía.  Quitó con la toalla el vaho que el vapor de la ducha había dejado sobre el espejo situado encima del lavamanos.  Se dejaría crecer el pelo, decidió.

Volvió a pasarse la toalla por la cabeza y, cuando se volvió a mirar al espejo su sonrisa desapareció.  No era su propio reflejo lo que estaba viendo ahora, sino el recipiente de plástico situado en el estante superior del armario.  Un helado estremecimiento le recorrió la espalda cuando abrió de golpe la puerta y miró el recipiente que contenía su diafragma.  ¿Cómo podía haber sido tan descuidada?  ¿Cómo podía haberse entregado tan libremente, tan irresponsablemente a Marcos?  Victoria nunca había sido muy activa sexualmente, pero siempre había tenido cuidado.  Lo último que deseaba era un embarazo accidental.

V: Está bien (se dijo a sí misma, cerrando el botiquín y tragando el nudo de preocupación que se le había formado en la garganta).  No te dejes llevar por el pánico.  Cada mujer tiene derecho a ser descuidada una vez en su vida.

Pero no había sido una vez, recordó.  Marcos le había hecho el amor tres veces.

Victoria volvió a tragar saliva y se dirigió a su habitación, donde tenía el calendario de mano donde anotaba su ciclo mensual.  Siempre había sido muy regular.  Suponiendo que su cuerpo no le hubiera jugado una mala treta, debería estar segura.  Sus días más fértiles habían pasado hacía casi una semana.  No una semana, la fastidió una vocecilla interior.  «Más bien cuatro días».

Se desplomó en su cama y aspiró para tratar de calmarse.  No le quedaba mucho por hacer excepto confiar en su suerte.  No podía pasarse los próximos ocho días desesperada por la inquietud de saber si estaba o no embarazada.

Sin embargo, no podía dejar de preocuparse.  No porque el delicioso fin de semana con Marcos podía traer consecuencias inesperadas, sino por algo mucho más importante, más profundo.  Lo que había sucedido entre Marcos y ella no era cuestión de descuido, de echar la cautela por la borda.

Había sido producto del amor, de un deseo incontrolable.  En los años que había compartido con Tomás, nunca se había visto tan arrastrada por la pasión como para olvidarse de sí misma, para olvidar lo que era importante para ella, lo que había planeado para sí misma y su futuro.  Y mucho menos para olvidarse de tomar las precauciones necesarias para evitar un embarazo no planificado.  Pero con Marcos... lo había olvidado.

El lunes fueron al trabajo en coches separados.  Aunque Marcos se había reído al principio cuando Victoria le había advertido sobre la importancia de mantener discreción respecto a su relación, había terminado por acceder, más que nada por la reputación de Victoria.

M: Si realmente piensas que haber tenido una aventura con el Don Juan Tenorio de la empresa puede ser una mancha en tu currículo, entonces seremos discretos (había dicho Marcos, fingiendo sentirse ofendido).  Si quieres puedo fingir que tu presencia me disgusta.
V: Tampoco hay que exagerar (había dicho Victoria con una sonrisa de tolerante humor).  Sólo debes comportarte como un perfecto caballero cuando estemos en la oficina.
M: Hm (él había sonreído con malicia).  Procuraré no darte pellizcos en el trasero cuando vayas a preparar e! café, ni hacerte el amor en el escritorio cuando estemos discutiendo lo del contrato Barrios.  ¡A ver si puedo controlarme!

Victoria había reído de buena gana.

V: Termina de cenar, Marcoss (había dicho, entre risas).


Marcos había pasado la noche en el apartamento de Victoria y habían salido juntos por la mañana, después de tomar un ligero desayuno.  Pero cuando Victoria se metió en el estacionamiento del edificio en el que se encontraban las oficinas de la empresa, Marcos había continuado avanzando a lo largo de la calle en su propio coche, de manera que Victoria había entrado sola al edificio.

Continuará ...